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Redacción. Los incendios forestales dejaron de ser un riesgo exclusivamente ambiental para convertirse en un factor que puede comprometer la operación de empresas, cadenas de suministro e infraestructura crítica en Colombia.

Durante recientes temporadas secas, el país ha registrado más de 20 incendios forestales de manera simultánea y más de 22.000 hectáreas afectadas, de acuerdo con consolidados de la Sala de Crisis de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (Ungrd) y el Ideam.

El impacto también se extiende al sector productivo. Según Fedegán, más de 1.000 predios han resultado afectados, una situación que evidencia que estas emergencias pueden generar consecuencias económicas más amplias que la pérdida de cobertura vegetal.

Para las compañías, además, el riesgo no comienza necesariamente cuando las llamas llegan a una planta, bodega o centro de operaciones. El humo, la reducción de la visibilidad, los cierres de carreteras, las interrupciones de servicios públicos y las restricciones de movilidad pueden afectar a trabajadores, proveedores y clientes, comprometiendo procesos esenciales.

“Un incendio forestal puede estar a kilómetros de una instalación y aun así detener procesos críticos. Por eso las organizaciones deben ampliar su análisis: no basta con preguntarse si el fuego puede llegar hasta la empresa, sino qué pasaría si una vía, la energía, las comunicaciones o el acceso de trabajadores y proveedores dejan de estar disponibles”, afirmó Carolina López Pérez, gerente técnica para Latinoamérica de Sacs Group.

Un riesgo que puede desencadenar otros

La exposición adquiere una dimensión mayor en sectores como energía, Oil & Gas, transporte y manufactura, donde los fenómenos naturales pueden interactuar con infraestructura y procesos industriales.

Un incendio forestal que coincida con altas temperaturas, interrupciones de energía, afectaciones en las vías y dificultades para el ingreso de organismos de emergencia puede convertirse en un escenario multiamenaza o en cascada, en el que una contingencia inicial desencadena nuevas interrupciones.

En estos casos, el impacto económico puede producirse incluso cuando las instalaciones de una compañía no presentan daños físicos. Una carretera cerrada puede impedir el ingreso de materias primas; una falla eléctrica puede detener una línea de producción; y la imposibilidad de movilizar trabajadores puede afectar turnos y servicios esenciales.

“Las organizaciones suelen contar con planes para amenazas individuales, pero los escenarios actuales exigen analizar cómo se conectan. La preparación debe permitir identificar cuáles procesos no pueden detenerse, de qué recursos dependen y qué alternativas existen para mantenerlos cuando varios componentes de la operación fallan simultáneamente”, explicó López Pérez.

La preparación empresarial, bajo presión

El desafío se suma a una brecha de preparación y aseguramiento que ha sido advertida en análisis internacionales del Foro Económico Mundial y Swiss Re, particularmente frente a la capacidad de las organizaciones para responder a interrupciones relacionadas con fenómenos climáticos.

Para las empresas, esto implica pasar de una gestión centrada en el daño físico a una visión de continuidad del negocio y resiliencia operacional.

Sacs Group recomienda que las organizaciones identifiquen sus activos, procesos y servicios críticos y determinen qué recursos son indispensables para mantenerlos activos durante una emergencia.

Entre las medidas se encuentran:

  • Revisar la vulnerabilidad de instalaciones, infraestructura y procesos críticos.
  • Establecer rutas alternativas para trabajadores, proveedores y transporte de mercancías.
  • Contar con fuentes y recursos alternativos para servicios esenciales.
  • Fortalecer las brigadas de emergencia y los sistemas de comunicación.
  • Coordinar protocolos de respuesta con organismos externos de emergencia.
  • Definir previamente qué procesos deben recuperarse primero.
  • Identificar proveedores y cadenas de suministro críticas y sus alternativas.
  • Realizar ejercicios y simulaciones para comprobar la capacidad real de respuesta.

La compañía advierte que la existencia de un plan escrito no garantiza por sí misma la continuidad de una operación. Los protocolos deben someterse a pruebas que permitan identificar fallas y tiempos de respuesta antes de que ocurra una emergencia real.

De la reacción a la resiliencia

El aumento de la complejidad de los escenarios de riesgo obliga a las organizaciones a prepararse no solo para el evento inicial, sino también para sus efectos secundarios.

“La verdadera preparación para una emergencia no se mide únicamente por la capacidad de reaccionar cuando ocurre el evento, sino por las capacidades que construimos antes. Las organizaciones deben prepararse para proteger la vida, mantener sus servicios esenciales y recuperar su operación frente a escenarios cada vez más complejos”, concluyó Carolina López Pérez.

Para Sacs Group, los incendios forestales deben incorporarse a las estrategias empresariales de continuidad, gestión del riesgo y resiliencia, y no analizarse únicamente como una emergencia ambiental.

En un contexto de mayor exposición a fenómenos climáticos, el reto para las compañías será anticipar no solo dónde puede ocurrir una emergencia, sino qué procesos pueden verse afectados, cuánto tiempo pueden permanecer detenidos y qué alternativas existen para mantener la operación y recuperarla rápidamente.


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