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Oscar Melendres Garcés

El próximo 3 de abril se conmemoran 35 años de la primera masacre paramilitar de Colombia. Este hecho cobró la vida de 28 personas, según cifras reportadas por medios de comunicación y según los habitantes del corregimiento de Mejor Esquina, municipio de Buenavista, lugar de los hechos. Durante este y el próximo domingo comparto con mis lectores textos escritos hace 15 años en homenaje a las víctimas, pero también a quienes han decidido forjar una historia diferente a partir de la confianza en la tierra a la que han dedicado sus vidas.

La premonición

Tal vez fue su inmensidad lo que permitió que el mar caribe se enterara primero que todo ser humano del acontecimiento que ocurriría días después en el corregimiento de Mejor Esquina, municipio de Buenavista Córdoba. Pero el mar no se quedó callado y reveló el secreto, lo manifestó, quizá, buscando impedir que magna tragedia aconteciera en la tierra de humildes labriegos… pero fue imposible evitarlo, el designio de Dios fue más fuerte y se impuso a la fuerza de la naturaleza.

– “El mensaje me llegó mientras yo dormía”. Relata aún medio asombrado Domingo Sáez, un hombre oriundo de estas tierras de Mejor Esquina que para la época del suceso ya había culminado sus estudios de bachillerato en la ciudad de Cartagena, pero viajaba seguidamente hasta la Heroica a llevar encomiendas que sus padres enviaban a sus hermanos que aún no habían terminado sus estudios de secundaria en esa ciudad.

Fue en uno de esos viajes, en medio de la paz nocturna. El mar envió con ímpetu su brisa fría y cargada de salitre para que atravesara las murallas de la ciudad, traspasara el sector colonial y convertida ya en suave aire fresco invadiera los sueños de este hombre y en medio de ellos observara imágenes, gente, fusiles y otros elementos que le vaticinaran el hecho.

– “Yo soñé”. Continúa relatando Domingo -“que en medio de la fiesta se había formado un tiroteo, había mucha sangre y quienes disparaban no eran personas conocidas. Este sueño lo tuve ocho días antes de los hechos”.

En el lugar que sirvió para celebrar la fiesta de Mejor Esquina, hoy reposa una lápida con los nombres de hombres y mujeres inocentes que cayeron en esa noche de barbarie de 1988.

“Desde ese momento me dio un desespero que no me dejaba estar tranquilo. Regresé a Mejor Esquina y compartí el mensaje con mi familia. Mi mamá me creyó, los demás parece que no. Esa misma tarde salí a otras casas a decir lo que me había pasado. Llegue hasta la plaza donde se pensaba hacer la fiesta, allí estaban los miembros de la junta. Llegué hasta el sitio donde estaban ellos, les acerqué el carro y me subí en el techo de este. Desde allí les hablé, entre otras cosas le dije: muchachos, no hagamos esa fiesta. Yo tuve este mensaje, algo malo puede pasar”.

Incrédulos absolutamente se limitaron a decir algunos: “acaso tu eres Dios que sabes lo que va a pasar. Tú estás loco aquí no va a pasar nada”.

Como yo sabía que había limitaciones de plata los amenacé diciéndoles que ya no contaran con el carro de la casa para transportar a los músicos y que yo me salía de vainas de fiesta. Eso tampoco les importó. “Buscamos a otro” respondió alguien… yo me fui para la casa y ellos quedaron armando su fiesta.

Contra viento y marea, superando todos los obstáculos la fiesta ya había comenzado. “Mi desespero ahora era mayor. Mi decisión de no asistir a la fiesta fue radical. Así se lo hice entender a mi mujer, ella me entendió y fácilmente aceptó no ir tampoco. Mi mamá también estaba preocupada, mi papá dudaba de que yo no fuera a la fiesta, pues bien sabía él que las carreras de caballo y riñas de gallo me gustaban”.

“A mi hermano lo pude controlar hasta cierto punto y se quedó conmigo hablando de vainas en la casa, mi papá se acostó convencido que ninguno de los dos saldría para la fiesta. Solo faltó que llegara un amigo nuestro con un mensaje de una mujer que le gustaba a mi hermano.

Aunque la vida sigue en ese lugar donde murieron 27 personas, se mantiene vivo el recuerdo de una situación que nunca más debe repetirse.

A los dos los convencí que se sentaran conmigo, que tomáramos ron en la casa y que si el asunto era con viejas pues que se vinieran ellas para la casa y estuvieran con nosotros allí, pues aquí teníamos música y todo”.

“Las notas musicales de la banda eran un llamado continuo para la fiesta, hasta el punto que mi hermano y nuestro amigo se fueron para allá. Al verme solo me acosté, pero no podía dormir. Me sentaba, me paraba, me acostaba… en fin era como si esperara algo y ese algo llegó. Fue en el momento que yo estaba más calmado, se escucharon los primeros disparos, luego más y más… ráfagas… y entonces rogué con las fuerzas de mi alma que fuera un enfrentamiento entre el Ejército y guerrilla y no que fueran disparos contra la gente de la fiesta. Aunque en la casa se sentían los disparos como si fueran ahí mismo, pasó mucho tiempo para saber la realidad de lo que había pasado”.

“Mi hermano no escapó de la tragedia, allí murió junto a otras personas que nada tienen que ver con asuntos de violencia ni mucho menos, pero que les tocó poner una cuota de sangre en la violencia de este país que no se cuándo va a salir de todo esto”.

Domingo, hoy continúa en Mejor Esquina, trabajando día a día buscando edificar una generación que pueda sobreponerse a la realidad que les ha tocado vivir a ellos.

El mar gigante, enorme, majestuoso… continúa siendo amigo del hombre, brindándole ese calor caribe y buscando quizá la forma de llevarle a la humanidad un mensaje que lo convenza a frenar ese comportamiento desmedido y desmesurado. El día que el hombre por fin pueda escuchar los designios de la naturaleza, tal vez se puedan evitar muchas cosas. Al menos esto espera Domingo mientras su vida avanza en estas polvorientas carreteras que comunican a Mejor Esquina con Buenavista.

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