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Por Matías Asún, director de Campañas Greenpeace Andino

Cada 17 de noviembre se conmemora el Día del Ambientalista Latinoamericano, como una forma de reconocimiento y puesta en valor de la tarea que realizan los y las ambientalistas y activistas en la región.

En los tiempos que corren, donde los efectos de la emergencia climática son notorios y avanzan a un ritmo preocupante a escala planetaria con sequías, inundaciones, olas de calor y derretimiento de los polos, el rol del ambientalismo es central para poner en la mesa de debate exigencias para la mitigación y adaptación climática. Sin embargo, nuevas olas de negacionismo climático en distintas regiones del mundo, buscan minimizar y obstruir la lucha de activistas ambientales y sociales, comunidades campesinas e indígenas que resisten en los territorios el avance intempestuoso de las industrias extractivistas.

Afortunadamente, la conciencia y el involucramiento de los ciudadanos en temas ambientales ha crecido en los últimos años, con sectores de la población levantando banderas por la justicia climática y ambiental, como es el caso de los jóvenes que preocupados por el futuro que los líderes del mundo les están dejando, tomaron las calles para reclamar acciones concretas y urgentes, como las Cicletadas por el Ártico el año 2022, que contempló actividades en 135 ciudades del mundo.

En la actualidad, el movimiento ambiental se nutre de personas de distintos sectores que unen esfuerzos desde la presencia en el territorio, hasta la presión en la virtualidad con una presencia cada vez más fuerte en redes sociales, en las calles de las grandes ciudades y en los tribunales. Los litigios climáticos, de acuerdo a un informe de Naciones Unidas, han crecido en cantidad de casos en los últimos años: el año pasado se registraron 2.180 antecedentes de litigios climáticos en el mundo, muy por sobre los 1.550 del año 2020 o los 884 del 2017.

Los defensores ambientales tienen a diario una tarea desafiante en la protección de los ecosistemas y su biodiversidad. Una tarea nada sencilla y que suele exponer a los activistas a situaciones extremadamente riesgosas, no solo por la proliferación de impactos medioambientales en las regiones que habitan producto de una política de explotación de recursos que se replica en cada país de la región, sino también por el grado de hostigamiento y violencia que reciben.

De acuerdo a la organización Global Witness, Latinoamérica es la región más peligrosa para los activistas ambientales. En 2022, de los 177 asesinatos de defensores de la tierra y el ambiente ocurridos a nivel mundial, 88 % tuvo lugar en Latinoamérica, con Colombia a la cabeza del ranking, seguida por Brasil y México.

Los activistas, que deberían ser reconocidos por diversos sectores de la sociedad, son, en muchas ocasiones, estigmatizados, cuestionados y perseguidos. Son los protectores de los bosques, los humedales, los ríos, los océanos, las selvas y yungas, los páramos; son los defensores del patrimonio natural de los pueblos que conviven en armonía con los ecosistemas que habitan.

Sin dudas, la labor de los defensores y activistas ambientales es cada vez más compleja, dinámica y desafiante. Por ello, continuar exigiendo, cada uno desde su lugar, justicia social, ambiental y climática -para resistir los embates de quienes buscan dañar y perjudicar a los activistas y los ecosistemas que están defendiendo alrededor del mundo- es fundamental para asegurar el bienestar de las personas, las generaciones futuras y el planeta.

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