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Por Oscar Melendres Garcés

La lluvia del jueves por la mañana se tornaba incesante. Por momentos parecía eternizarse y se convirtió en cómplice perfecto para evocar los tiempos de la infancia cuando con los amigos de la época recorríamos las desvestidas calles del barrio bajo la lluvia. Indudablemente eran tiempos distintos. Eran los mismos tiempos en los que aprendimos sobre el respeto a los mayores y a saludar a quien encontrábamos en nuestro andar cotidiano.

Paralelamente a todas esas vivencias había un fenómeno social común en un alto porcentaje de los hogares del barrio San José. La figura paterna permanecía pocos días del mes en el seno del hogar. Las escasas oportunidades laborales en el territorio obligaban a que los hombres se desplazaran a otros lugares a ganarse el sustento de la familia. Generalmente se movilizaban a las minas auríferas del Bajo Cauca antioqueño o se trasladaban a La Guajira donde la bonanza marimbera generaba fuentes para la mano de obra.

¿Como olvidar entonces el papel de preponderante importancia que jugó la figura materna en la gran mayoría de los hogares del barrio San José en aquella época? Era la mujer la responsable de que los hijos no se descarrilaran por malos pasos, era ella la responsable del rendimiento académico de los chicos, pero también debía garantizar las labores de la casa, igualmente calcular en muy buena medida los gastos del hogar y sobre todo era quien impartía rigurosa disciplina en su descendencia.

Rostros de mujeres que cumplieron a cabalidad el papel de dirigir sus hogares mientras sus parejas trabajaban lejos en busca del sustento para los hijos.

La lluvia del jueves por la mañana me condujo irremediablemente a llevar mis reflexiones hacia el reconocimiento negado a las mujeres de mi barrio. Ahora puedo caer en la cuenta que fueron ellas las artífices de la formación de una generación que hoy es la que está al frente de la cotidianidad de nuestro sector. Y no es que quiera desconocer el papel de los padres, solo que a esas mujeres no se les ha reconocido esa labor silenciosa que ejercieron con decoro durante muchos años.

Mujeres abnegadas entregadas a sus familias lograron cimentar las bases de una sociedad pacífica, dinámica, visionaria, emprendedora y con el sello indeleble de la solidaridad. Quizá muchas de ellas no ostentaron títulos universitarios ni vestían a lo fashion, ni poseían los lujos y las comodidades que actualmente invaden los estamentos sociales en cualquier comunidad. Lo que si poseían era un amor infinito hacia los suyos y una disposición absoluta por sacar adelante a su familia.

La lluvia del jueves por la mañana no claudicaba y las elucubraciones se extendían calle a calle tratando de desandar lo andado, de halar hasta el presente los aconteceres de aquellos tiempos en los que tuve la fortuna de comenzar a valorar a las mujeres de mi barrio.

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1 COMENTARIOS

  1. Merecido reconocimiento para las mujeres del barrio San José, aunque yo no perdí esa bella costumbre de enseñarle a mis hijos a saludar a todos los que se encontrarán en la calle, al final, aquí en este pueblo todos nos conocemos.

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